LEGISLATIVAS
2 de junio de 2026
El Concejo Deliberante rosaleño: entre el espectáculo y la degradación institucional
Insultos, acusaciones cruzadas y desprecio por el reglamento exponen un deterioro profundo del debate político local.
Lo que ocurre en el cuerpo deliberativo rosaleño se asemeja, cada vez más, a un verdadero cuento de terror institucional. Expresiones como “vos sos un ñoqui eterno”, “¿vos hablás de ñoquis? ¡Si apenas asumiste como legislador pusiste a tu esposa en ANSES!” o “respondé por los auxiliares de tu bloque que no aparecen nunca” ya no sorprenden: forman parte de una rutina degradada donde el agravio reemplazó al argumento.
El fenómeno no es nuevo ni aislado. Desde hace tiempo, el Concejo Deliberante se parece más a una escena del teatro del absurdo que a un ámbito de debate democrático serio. Basta repasar algunos episodios recientes: la destitución de la concejal Paula Bermejo de la presidencia del cuerpo, con el acompañamiento de bloques como Bien Común, PRO y radicales; o los hechos de violencia protagonizados por el actual presidente, Pablo “Papu” Gómez, contra la entonces edil Liliana García.
El punto de inflexión quedó expuesto durante la séptima sesión ordinaria, donde el intercambio de insultos, descalificaciones personales y un marcado patoterismo verbal marcaron el tono. Allí, el propio presidente del cuerpo lanzó una frase que sintetiza el nivel de deterioro institucional: “Yo voy a hablar porque puedo y porque quiero”, desconociendo abiertamente el reglamento que exige mocionar y someter a votación el uso de la palabra.
Estos episodios generan sorpresa en algunos y complicidad en otros, pero en conjunto no dejan dudas sobre el funcionamiento actual del cuerpo deliberativo. Y lo más preocupante: nada indica que esta dinámica vaya a cambiar en el corto plazo.
Mientras tanto, los proyectos quedan atravesados por chicanas políticas, reproches sobre gestiones pasadas y discusiones estériles. Temas estructurales como infraestructura urbana —calles, agua o cloacas— han sido desplazados por debates que reflejan tensiones más amplias: la eliminación de beneficios por zona fría, la caída del poder adquisitivo o la crítica situación de las Fuerzas Armadas, donde incluso algunos ediles reconocen que el personal debe recurrir a trabajos informales como Uber para subsistir.
En este contexto, el discurso político local parece alinearse con una lógica más amplia: la confrontación permanente, el grito como herramienta y la descalificación como método. La llamada “batalla cultural” no solo atraviesa los niveles nacionales y provinciales, sino que también permea los concejos deliberantes, y Coronel Rosales no es la excepción.
Para muestra, sobran ejemplos. El propio presidente del cuerpo ha utilizado expresiones como “periodistas ensobrados”, “sindigarcas” o “docentes ignorantes que no han pasado por la universidad”, además del ya mencionado “hablo porque quiero y puedo” y el reiterado “ñoqui eterno”.
El resultado es una postal preocupante: una política alejada de las formas, de la profundidad argumental y del respeto institucional. Un escenario donde las buenas costumbres, la calidad del debate y la construcción democrática parecen haber quedado, al menos por ahora, muy lejos.
