OPINIÓN
31 de agosto de 2026
CUANDO LA INDIGNIDAD DA SUS FRUTOS:Punta Indio y las Heridas de la Historia
Un duro cuestionamiento a quienes protagonizaron la Revolución Libertadora y a su legado institucional a partir del cierre de la base Aeronaval de Punta Indio.
Una entrega más de GD
Habrá quienes crean que todo fue apenas una casualidad del calendario: 1955 y el principio del final de un desarrollo aeronáutico argentino que había colocado al país a las puertas de un futuro propio.
Pero muchas cosas aparecieron después de aquella fecha.
Nuestro “glorioso” ingreso al FMI, que hoy tanto disfrutamos; y tantas otras novedades que aquella ventana abierta a la “nueva libertad” —entendida a fuerza de bombas y balas— dejó entrar.
Sin embargo, hoy podemos descubrir, principalmente, que de inocentes tuvieron poco aquellos acontecimientos. Aquel grito de libertad tuvo, con el tiempo, su correlato actual y una consecuencia que parece ser la propia destrucción institucional.
Porque no hay astilla más dolorosa que la del propio palo.
Y hoy, “mudamente”, algunos asisten al cierre de su base de Punta Indio. Claro que aprendieron muy bien aquella vieja frase: “El silencio es salud”.
Ya ni obra social les quedó para el más mínimo servicio, como correspondería, por ejemplo, para un tratamiento antihemorroidal ante semejante malestar.
Porque quienes en otros tiempos dieron pleno apoyo a una determinada idea de “libertad”, aquella que llegó con bombas y balas, hoy parecen contemplar otra versión de la misma palabra: menos formal, pero mucho más efectiva y, por momentos, decididamente escatológica.
Tampoco parece necesario profundizar demasiado después de observar que, para algunos discursos actuales, los verdaderos defensores de la causa Malvinas fueron los hinchas y la Selección, y no aquellos hombres que fueron enviados a combatir y estuvieron dispuestos a defenderla hasta morir.
La paradoja es evidente.
Quienes alguna vez se proclamaron defensores de la Nación terminaron acompañando —o, al menos, no cuestionando— la llegada de gestores de una entrega que amenaza con borrar buena parte de aquello que alguna vez se construyó.
El Pulqui II quedó para el museo.
Y quizás, si seguimos por este camino, termine también en un depósito, cuando ya ni siquiera quede lugar para él en la memoria colectiva.
Entonces sí: ¡Viva la Libertadora! ¡Viva la libertad, carajo!
Y para quienes hoy sufren el malestar que les provocan sus propios actos históricos y presentes, apenas una recomendación:
agua tibia… y mucha paciencia.