OPINIÓN
9 de agosto de 2026
Punta Alta y su fiebre: la deuda que se lleva el dinero de la ciudad
La mora es apenas la fiebre, no la enfermedad. Detrás de los créditos impagos existe un problema mucho más profundo: el volumen de deuda, los intereses y el destino del dinero que sale de Punta Alta y no vuelve. Una mirada crítica sobre el endeudamiento, el sistema financiero y las distintas “canaletas” por las que se escurre la economía local.
Opinion: x GD
La mora es la fiebre, pero no la enfermedad. Y calmar la fiebre no significa curar la enfermedad.
Además, la fiebre es lo primero que vemos y asumimos como algo de gran importancia, cuando en realidad no lo es tanto.
La enfermedad que genera la fiebre no es el impago, que claramente produce consecuencias.
Pero hay algo peor y oculto: la deuda. Y algo peor todavía: ¿contra quién?
Veamos esa deuda total, tanto la que está en mora como la que se encuentra al día. ¿De cuánto estamos hablando? ¿Hacia dónde va ese flujo de dinero?
Esos son los verdaderos temas que empobrecen a un pueblo.
A esta altura, para Punta Alta sería mejor que nadie pagara los créditos bancarios y se volviera a una economía básica antes que continuar por este camino.
Porque ese inmenso flujo de dinero se va de la ciudad y no vuelve más.
Se va en intereses. Se va en penalizaciones. Se va en honorarios.
Así se generan pobres reales, que antes fueron pobres culturales.
Punta Alta, tal vez una de las ciudades con mayor población de OBEDIENTES de la Argentina, cuenta con algunos de sus peores líderes naturales posibles.
Me refiero a los jefes de los OBEDIENTES, que bien podrían haber ayudado a evitar el endeudamiento simplemente no habilitando jamás el código de descuento, algo que hicieron conociendo el daño potencial y, según esta mirada, privilegiando segundas intenciones.
Pero no solo no lo hicieron, sino que colaboraron en la destrucción corrosiva —por no decir lo que realmente es— de la suerte de aquella otrora gran obra social. Hoy, sus afiliados deben gastar lo que no tienen para atender su salud.
La deuda es una enfermedad que alguna vez no tuvo tanta importancia, porque existían entidades e instrumentos que permitían que el flujo económico local permaneciera durante más tiempo en la ciudad, brindando la posibilidad de alcanzar cierto equilibrio financiero y social.
Me refiero, por ejemplo, al Banco Vallemar o a instrumentos como las cajas de ahorro.
Pero justamente desde la jefatura máxima de los OBEDIENTES surgió la Ley de Entidades Financieras. Claro que, si bien fue la primera detonación, después fueron necesarias muchas otras.
La principal llegó al grito de «¡Viva Perón y síganme!», y produjo la concentración y extranjerización de la banca.
Ese cambio fue una de las grandes detonaciones de nuestra sociedad.
Un Pac-Man que no para de comerse todo. Un cáncer que nadie quiere ver.
Y todos los gobiernos, ya sean los de los buenos o los de los malos... todos, sin excepción, protegen y colaboran con él.
Porque ante semejante situación, no intentar revertirla, al costo que sea y asumiendo el riesgo que sea, es ser parte.
Y los que gritan «¡Viva Perón!» y callan son los peores.
Porque no podemos pedirle a Marquitos, hijo del dueño del Banco Galicia, cuando fue jefe de Gabinete de Mauricio, que quiera afectar su negocio familiar, antes de exigírselo a quienes llegan con la bandera de los humildes.
Estos son más culpables que los culpables.
Y no dejan de hablar de los pobres y de Perón, aunque tuvieron la oportunidad de cambiar las cosas y no lo hicieron, mientras sí reformaron el maquillaje del Banco Central.
Paradójicamente, el mesiánico tenía algo de razón respecto de dónde está parte del problema: está justamente en el BCRA.
Pero su solución no es su destrucción, porque el resultado podría ser igual o peor que el actual.
La solución era desandar el camino equivocado o, ahora, gracias a la tecnología, saltar hacia una moneda digital.
Pero volvamos al pueblo, a la deuda y a la circulación del dinero, eso que llamamos flujo.
En Punta Alta, el dinero no solo se va por la canaleta de la deuda —parafraseando a quien quizás haya sido uno de los peores radicales de los últimos 20 años—, sino también por otras canaletas.
Por ejemplo, la Cooperativa Obrera, que canalizó una extracción fundamental del porcentaje de deuda desde el día en que le permitieron expandirse regionalmente para compensar lo que las grandes cadenas le hacían en su Bahía Blanca natal.
¿Y qué tal ahora el juego en línea?
¿No deberíamos pedirles perdón a todos los mafiosos de aquella vieja “quiniela clandestina”?
Al menos ellos dejaban circular el dinero durante más tiempo dentro de la comunidad que estas tragamonedas digitales que cada joven —y no tan joven— lleva hoy en su teléfono.