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17 de junio de 2026
Inteligencia artificial: entre la fascinación, los riesgos y la necesidad de límites
Especialistas advierten que el avance de la IA plantea desafíos en educación, empleo y vínculos humanos, y reclaman regulación y uso responsable.
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa futurista para convertirse en una presencia cotidiana. Está en buscadores, teléfonos, aulas, consultorios y entornos laborales, e incluso en conversaciones personales que hasta hace poco solo podían darse entre seres humanos. La pregunta ya no es si llegó, sino cómo convivir con una herramienta capaz de optimizar procesos y abrir nuevas შესáƒáƒ«áƒšáƒ”ბლidades, pero también de generar riesgos difíciles de dimensionar.
El debate cobró fuerza en los últimos días tras la presentación de la encíclica “Magnifica Humanitas” por parte del papa León XIV, un documento que advierte sobre el poder de la inteligencia artificial y sus posibles efectos en la sociedad. Allí se reclama mayor control público, protección del empleo, límites para las plataformas y una defensa del bien común frente al avance tecnológico. En ese marco, se sostiene que la IA “no es neutral” y que debe ser regulada para evitar nuevas formas de exclusión, vigilancia y manipulación.
En ese contexto, el programa “Nunca es tarde”, de La Brújula 24, entrevistó a Gerardo Simari, investigador del Conicet, docente de la Universidad Nacional del Sur (UNS) y especialista en inteligencia artificial. Lejos de una mirada alarmista, el académico propuso analizar el fenómeno con cautela y responsabilidad. “No porque sea un peligro sin control, pero es importante usarla responsablemente”, afirmó.
Uno de los principales riesgos que señaló es que la inteligencia artificial siempre responde, incluso cuando no tiene certeza. Esto puede resultar problemático en situaciones donde el usuario no cuenta con herramientas para verificar la información, como en diagnósticos médicos, trabajos académicos o decisiones sensibles.
El especialista también se refirió a las llamadas “alucinaciones”, es decir, respuestas que aparentan ser correctas pero contienen datos falsos o referencias inexistentes. Según explicó, este tipo de errores no son accidentales, sino que forman parte del funcionamiento de muchos modelos basados en patrones y probabilidades. “A veces acierta, pero muchas otras no”, sintetizó.
Otro de los puntos de preocupación es el vínculo que las personas pueden desarrollar con estas herramientas. A diferencia de las relaciones humanas, la IA está disponible de forma permanente, responde de inmediato y suele hacerlo de manera complaciente. Esta dinámica, advirtió Simari, puede influir en la forma en que especialmente los jóvenes construyen relaciones, validan ideas o toman decisiones.
En ese sentido, destacó la necesidad de reforzar la educación digital y emocional, teniendo en cuenta que las nuevas generaciones crecen con estas tecnologías integradas desde edades tempranas. “Los chicos nacen con IA”, remarcó, subrayando la importancia del rol de adultos e instituciones.
La cuestión de los sesgos también ocupa un lugar central en el debate. Según explicó, incluso cuando los usuarios son conscientes de que una herramienta puede estar orientada hacia determinadas posiciones, resulta difícil neutralizar su influencia. “Es muy poderosa la forma que tiene de cambiar opiniones”, señaló.
La encíclica papal también pone el foco en la concentración del poder tecnológico en pocas manos, lo que plantea interrogantes sobre quién controla los datos, los algoritmos y las plataformas, y con qué intereses.
En paralelo, el impacto en el empleo aparece como otro de los grandes desafíos. Mientras algunos sectores se benefician de la automatización, otros enfrentan riesgos de reemplazo, precarización y desigualdad.
Frente a este escenario, el debate ya no se limita a la dicotomía entre entusiasmo y temor. La discusión central pasa por establecer límites, criterios de uso y marcos regulatorios que permitan aprovechar el potencial de la inteligencia artificial sin resignar el control humano.
En definitiva, tanto la mirada académica como las advertencias institucionales coinciden en un punto: no alcanza con admirar lo que la tecnología puede hacer. Es necesario preguntarse cómo se usa, quién se beneficia y qué mecanismos existen para evitar sus efectos negativos. En una era donde las máquinas pueden responder casi todo, el verdadero desafío sigue siendo humano: formular las preguntas correctas.
