El Teatro del Picadero fue fundado en 1980 por los directores Antonio Mónaco y Guadalupe Noble, en un antiguo edificio perteneciente a la fábrica de bujías American Bosch, diseñado en 1926 por el arquitecto Benjamín Pedrotti. Ubicado en el Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, en el barrio de Balvanera, el espacio adoptó desde sus orígenes una impronta cultural independiente.
Su nombre quedó inscripto en la historia argentina en 1981, al convertirse en la sede del emblemático ciclo Teatro Abierto 1981, una iniciativa colectiva que reunió a más de 30 obras breves de autores nacionales como Roberto Cossa, Carlos Gorostiza, Griselda Gambaro, Eduardo Pavlovsky y Mauricio Kartun, entre otros. El ciclo, inaugurado el 28 de julio de 1981, constituyó un acto de resistencia cultural frente a la censura impuesta por la última dictadura militar.
Entre las obras más destacadas se encontraban Gris de ausencia, El acompañamiento, Papá querido, Decir sí, Tercero incluido, Lobo ¿estás? y La casita de mis viejos, a las que se sumaron títulos como Lejana tierra prometida y La cortina de abalorios. La propuesta reunió a más de 250 actores, directores y técnicos en un inédito movimiento de autogestión, impulsado por figuras como Osvaldo Dragún, Jorge Rivera López, Luis Brandoni y Pepe Soriano.
Sin embargo, el 6 de agosto de 1981, pocas semanas después del inicio del ciclo, el teatro fue blanco de un atentado con bombas incendiarias perpetrado durante la madrugada, en un episodio atribuido a sectores vinculados a la Marina. El edificio quedó prácticamente destruido, sobreviviendo únicamente su característica fachada industrial de ladrillo visto, símbolo que con el tiempo se transformaría en emblema de resistencia.
Lejos de silenciar la iniciativa, el ataque fortaleció el espíritu del movimiento: el ciclo continuó en el Teatro Tabarís, donde se mantuvieron en cartel 21 obras y se reafirmó el compromiso del sector teatral con la libertad de expresión.
Tras décadas de abandono y diversos intentos fallidos de recuperación, el Teatro del Picadero fue finalmente reabierto el 23 de mayo de 2012 bajo la gestión del productor Sebastián Blutrach. El nuevo edificio respetó la fachada original, de estilo ecléctico industrial —que aún conserva el emblemático logo de un aviador de la Primera Guerra Mundial—, mientras que su interior fue completamente modernizado.
Hoy, con una capacidad de 260 butacas en su sala principal y un pullman de 32 localidades, el Teatro del Picadero no solo funciona como sala teatral independiente, sino también como un espacio cargado de memoria. Su historia lo consagra como uno de los símbolos más elocuentes de la resistencia cultural y la defensa de la libertad de expresión en la Argentina contemporánea.