El incremento de consultas por depresión, ansiedad y angustia en niños, niñas y adolescentes encendió una señal de alerta entre los profesionales de la salud mental de Bahía Blanca. Se trata de una problemática cada vez más visible que, durante años, fue asociada casi exclusivamente a la adultez y que hoy atraviesa con fuerza a las infancias y adolescencias, muchas veces sin ser detectada a tiempo.
El tema fue abordado en La Brújula 24 por la licenciada Alba Piccardi, referente del Colegio de Psicólogos de Bahía Blanca, quien advirtió que aún persiste una creencia errónea profundamente arraigada: que los niños no pueden deprimirse. “Estos fenómenos existen y, en muchos casos, con más frecuencia de la que quisiéramos”, señaló, al dar cuenta del crecimiento sostenido de las consultas vinculadas a la salud mental infantil.
Los especialistas coinciden en que es esperable que niños y adolescentes atraviesen momentos de tristeza o desánimo. Sin embargo, estas emociones se vuelven motivo de preocupación cuando son intensas, persistentes o interfieren de manera significativa en la vida cotidiana. La depresión es una de las condiciones de salud mental más frecuentes y suele presentarse asociada a cuadros de ansiedad. Puede manifestarse de forma leve y transitoria o adquirir características más graves y prolongadas, con episodios recurrentes a lo largo del tiempo.
Desde UNICEF advierten que la depresión puede estar asociada a conductas de autolesión o pensamientos suicidas, aunque remarcan que se trata de una condición prevenible y tratable cuando existe un acompañamiento adecuado. Por este motivo, subrayan la importancia de consultar con un médico o profesional de la salud mental ante la presencia de síntomas.
En el ámbito local, Piccardi explicó que el aumento de las consultas responde a una combinación de factores. A los efectos que dejó la pandemia se suman las tragedias climáticas que atravesó la ciudad en los últimos años y un contexto socioeconómico cada vez más complejo. “No contamos con un registro epidemiológico preciso, pero todos los efectores que trabajamos con infancias observamos claramente un aumento de consultas por depresión y ansiedad”, indicó.
Esta situación se inscribe, además, en una tendencia global preocupante. Según datos citados por la especialista, la Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes convive con algún trastorno mental. Entre los jóvenes de 13 a 19 años, entre el 9 y el 13 por ciento presenta sentimientos persistentes de tristeza y depresión, y el suicidio se ubica entre las principales causas de muerte en niños y adolescentes.
Uno de los aspectos que mayor preocupación genera entre los profesionales es la aparición de síntomas a edades cada vez más tempranas. “Detectamos signos de angustia, ansiedad y depresión incluso en niños de primera infancia”, afirmó Piccardi. En estos casos, las manifestaciones suelen diferir de las observadas en adultos: en lugar de tristeza evidente, predominan el enojo, la irritabilidad, las conductas disruptivas, los trastornos del sueño y la alimentación, el aislamiento y el bajo rendimiento escolar.
UNICEF advierte que la depresión infantil y adolescente suele pasar desapercibida. La pérdida de interés por actividades habituales, el aislamiento social, los sentimientos de culpa o desesperanza, las conductas de riesgo y, en el plano físico, el cansancio persistente, la dificultad para concentrarse o los dolores sin causa orgánica aparente, constituyen señales de alerta a las que se debe prestar atención.
En la mayoría de los casos, explicó Piccardi, no se trata de cuadros de origen biológico, sino de depresiones reactivas estrechamente vinculadas al contexto. Entre los factores más frecuentes se encuentran situaciones de violencia familiar o escolar, duelos, separaciones, abuso, pobreza e inseguridad alimentaria. En este sentido, citó datos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, que indican que el 40 por ciento de niños y adolescentes presenta síntomas de angustia relacionados con la falta de acceso regular a la alimentación.
“¿Quién no tendría angustia si no sabe si va a comer todos los días, si pasa frío o vive expuesto a la violencia?”, planteó la especialista. Por ello, remarcó que, frente a estos cuadros, resulta prioritario garantizar derechos básicos. “No tiene sentido pensar un tratamiento psicológico si antes no se resuelve la causa principal del sufrimiento”, sostuvo.
Otro factor que agrava el escenario es la hiperconectividad y el uso excesivo de pantallas desde edades tempranas. Piccardi advirtió sobre su impacto en el desarrollo neurológico y emocional, así como sobre los riesgos asociados al grooming, el ciberacoso y las apuestas online. Organismos internacionales ya han alertado sobre esta problemática y varios países avanzaron en regulaciones para limitar el acceso de menores a redes sociales.
En relación con el acompañamiento, las recomendaciones apuntan a escuchar activamente, compartir tiempo de calidad, promover hábitos saludables, habilitar la expresión emocional y proteger a niños y adolescentes de entornos altamente estresantes. “Estas manifestaciones son, muchas veces, una forma de pedir ayuda”, explicó Piccardi, al destacar el rol central del adulto como sostén emocional.
El consenso entre los especialistas es claro: la depresión en niños y adolescentes no puede abordarse de manera aislada. El acompañamiento familiar resulta fundamental, pero ante la persistencia de los síntomas es imprescindible recurrir a ayuda profesional, ya sea a través del pediatra de confianza o de un equipo de salud mental. Se trata de un diagnóstico posible, tratable y prevenible, siempre que se detecte a tiempo y se aborde de manera integral.
El aumento de estos cuadros expone una realidad compleja que interpela a las familias, las instituciones y a la sociedad en su conjunto. Reconocerla, hablar del tema y actuar de forma temprana se presenta hoy como una urgencia para proteger la salud mental de las infancias y adolescencias.